El señor de la biblioteca

Hace muchos años, mientras las materias y los eventos sociales ocurrían en el el Cbtis No. 70, fui a donde la biblioteca por algún libro, el Señor bibliotecario se acercó para atenderme, con una sonrisa amable me preguntó, ¿en que te puedo ayudar, güerita? Le pedí lo que necesitaba y me fui. Cuando regresé el libro hubo una conversación, preguntó de dónde soy y en qué especialidad estoy, cómo me llamo y cuántos años tengo y aprovechó para disipar mis dudas acerca de todo lo que parecía nuevo para mí. El Señor de la biblioteca parecía disfrutar su trabajo, se veía, para ser un hombre mayor desde mi perspectiva, fresco como cualquiera de nosotros, los adolescentes del bachillerato, llenos de hambre por las cosas que dicen que dan independencia y por las que dicen que otorgan madurez.

Jimmy parecía un padre sin serlo, me imagino que pudo adquirir experiencia en ese campo después de tantos y tantos años platicando con gentecillas como yo, daba confianza aunque a veces pareciera que solo entrevistara en lugar de conversar. Con el tiempo, se fue convirtiendo en parte de los días en la escuela, la biblioteca era de Jimmy; sabía exactamente dónde estaba cada libro, y no es que había pocos, también sabía a qué materia correspondía el libro que uno le pedía, en qué semestre se impartía tal materia, para cuál especialidad y etc. Él era en sí mismo, toda la biblioteca.

Mi grupo de amigos, uno de ellos en especial, era más cercano al señor de la biblioteca, lo pudimos conocer más porque lo invitó algunas veces a nuestras reuniones. Tenía buen sentido del humor y recuerdo que le gustaba dar consejos sobre situaciones de la vida, aunque honestamente, no entendía muy bien su visión de las cosas. Para mí era como un horizonte lejano lo que hablaba,  pues según recuerdo, tenía por lo menos el doble de edad que nosotros, además, me parecía que se tomaba las cosas muy en serio. Era buena persona,  de esas que parece que se les da todo, tenía su trabajo, su casa, amigos. Pero creo, si mal no recuerdo, que solo le faltó una pareja, alguien que cómo dice mi hermana, fuera testigo de su vida. Hasta donde lo dejé de ver, no hubo nadie, espero que después haya aparecido.

Nunca, nunca habló, por lo menos no conmigo de su estado emocional, parecía una persona con un acuerdo hecho con la vida y su futuro.

Recuerdo vagamente su risa grandota, la carcajada sincera y a veces estridente de un hombre que sabe de chistes que son difíciles de digerir en un adolescente.

Al muy poco tiempo dejó de ser el Señor de la biblioteca para ser solo Jimmy, uno llegaba y lo llamaba así. Él siempre me decía, ¿Cómo estás hoy güerita?, y se acercaba para iniciar conversación.

Supo guardar muy bien los secretos, sabía que la biblioteca era un espacio para escabullirse de las clases sin que ningún prefecto llegara a hacernos regresar al salón. Desde donde nos observaban, evidentemente estábamos investigando para alguna tarea. Y con los libros abiertos no les quedaba duda. Esta investigación debió merecer la calificación de un semestre entero pues se nos iba el día  haciéndonos la pinta. Jimmy, discreto, iba y venía para platicar y al mismo tiempo atender a su clientela.

A veces se podía pasar también la tarde entera a la biblioteca, la plática era amena, aconsejaba sin pedírselo, daba tips para estudiar, siempre tenía ganas de escuchar las anécdotas y contar otras, y se esforzaba por una moraleja, asumiendo el compromiso de educar al alumnado: a este maestro le gusta el trabajo así, a este otro le puede molestar esto, no hagas eso en su clase, te va a ir mejor si escribes aquello, le gusta que le traigan las tareas así, y etc.

Pasó el tiempo, nos graduamos y nos fuimos. Me imagino que continuó igual en los años siguientes, con cada nueva generación de chiquillos que se presentan en la biblioteca para solicitar a Jimmy un libro. No supe más de él.

Hace unos meses, algunos nos reencontramos en Facebook, alguien sugirió que contactáramos a Jimmy porque necesitaba amigos en ese momento. Lo buscamos obviando que existía entre la comunidad virtual de Face, pero no pudimos dar con él y seguimos con nuestra vida.

Para Jimmy, la vida terminó ayer.. y cuando supe de la noticia me quedé sin tiempo, sin pensamiento, sin palabras, ni ideas para inventar algunas.
Ahora solo puedo recordarlo en pequeños fragmentos de mi vida.

Jimmy; lo único que me se ocurre es invitarte a vivir aquí, en estos puntos suspensivos…

DEP.

Cecilia del Toro

Publicado por Cecilia del Toro

Escritora embrionaria. Disfruto de las palabras y a veces las pongo a prueba. Escribir es mi idioma. Y para quienes quisiéramos vivir mil vidas, la escritura es el remedio.

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