Carta a mi Madre

La mujer de la que nací, se llama Raquel.

Raquel creció en La yerbabuena y cuando hablaba de ese lugar, también sonreía. Le gustaba contar sus recuerdos y aventuras con sus cuatro hermanos y su mamá.

Mi abuelo, murió cuando ella tenía más o menos unos treinta. A sus cincuenta, aún lo necesitaba. Parece que se llevaban muy bien. Cuenta que era muy paciente, que trabajaba mucho, y por eso casi no estaba en casa, pero lo estaba en otras formas, su autoridad y el respeto que les inculcó.

Mi abuelo, aunque no lo conocí, lo quise, mi mamá nos enseñó cómo. Cuando murió, ella lo sufrió mucho, contaba que lo veía en sueños y le decía que pronto vendría por ella, y mi mamá le pedía que el diera tiempo porque aún había niños que cuidar.

Me gustaba escucharla contar sus sueños; parecía que en ellos lo imposible podía suceder; una vez pudo hablar con su papá y contarle sus penas, pudo incluso, en otro sueño, hablar con Dios durante un paseo en una balsa por un rio muy caudaloso, contaba que el agua era muy clara y de un azul muy lindo. Dios, vestido de blanco, tenía la mirada apacible. Hablaron mucho sobre su vida y sus planes. Recuerdo que ese día se levantó muy contenta cómo si todos sus pendientes fueran a desaparecer, tal cómo se lo pidió al todo poderoso. También soñaba cosas graciosas e ilógicas y a otras veces, cosas que la asustaban mucho, como que algún hijo tuvo un accidente y resulta muy herido.

Sus sueños, ahora que lo pienso, parecían su escaparate de la vida diaria, la única hora del día en que podía ser quien quisiera, y hacer lo que antojara. Y es que, se entregó tanto a las responsabilidades de criar a los hijos, que se dejaba para el final. Esto lo comprendí hasta que fui mamá. Nunca la vi ni temerosa ni cansada por nosotros. No me imagino cuántas horas de sueño se pueden tener cuando eres madre de trece, y algunos se llevan apenas un año entre ellos, además el trabajo de casa, aunque a veces tenía quien ayudara, pero no era suficiente y menos cuando tenían que soportar la energía desbordada de tantos niños, muchas renunciaron.

Cada día era un adivinanza: quién se fractura hoy, quién se pelea, quién se enferma, quien se cae y etcétera. Recuerdo verla desde la cama antes de la hora de dormir, (siempre al final de todos), rezando, tenía muchas novenas por hacer; unas por un mejor matrimonio, otras por un mejor trabajo para alguien, otra para que nadie se accidentara o se enfermara y así, Me dormía viendo su silueta haciendo la señal de persignación y después mandando bendiciones figurando una cruz en cada dirección, volteándose hacía donde según ella, estaban cada uno de quienes le importaban, los de Tamazula, los de Guzmán, los del norte y finalmente, sobre las camas donde estábamos mis hermana y yo. Y sin importar la hora, ni el cansancio, era fiel a esta disciplina. Nunca la vi acostarse sin hacer oración. El murmullo y el sonido del choque los labios, siempre con un librito en mano, parada en la ventana para aprovechar la tenue luz de la calle. Algunas veces me quedé despierta para verla, me tranquilizaba, era como saber que ya estaba tomando cartas en el asunto para que en  mi vida mis deseos se cumplieran. Estaba en su enlace directo con el Dios de todo lo bueno y por lo tanto podía esperar un buen día siguiente.

Mi madre me dejó bien claro que en la vida que tenemos lo que escogemos. Siempre que le platicábamos de alguna anécdota nos escuchaba y ella tenía alguna similar, volvía a ser niña, o muchacha cuando le contábamos de algún novio. Nos decía que escogiéramos hombres buenos, que nos quisieran mucho, que fueran nobles. Cuando le preguntábamos porqué se había casado con mi papá, ponía una cara de reflexión y luego decía, que en aquellos tiempos no había oportunidad para conocerse, que no había posibilidad de ser novios, había que verse a escondidas y de forma rápida antes de que los descubrieran. El matrimonio muchas veces era la única forma de salir de un estilo de vida no deseado, ella quería estudiar y no pudo. Sí le preguntábamos que sí lo quería, sonreía y asentía con la cabeza.

Decía haberse casado de 15 y que me tuvo a mí a los 32 y a mi hermano menor a los 35. Pero, cuando aprendí a restar, hice mis cálculos. Soy mayor 5 años que mi hermano menor: ¿Cómo era posible que mi mamá solo envejeció 3 años? Y entonces este divertido hecho me hizo dudar de toda la cronología de la familia. Mi hermana mayor me lleva 19 años, si mi madre la hubiera tenido de 16, cuando yo nací ella tendría 35, pero no, no correspondía, nada tenía lógica, así que en algún momento nos pusimos a platicar entre hermanos, vimos que en cada acta de nacimiento las edades no correspondían. Un día nos aclaró: cuando íbamos al registro civil, según cómo me sentía, me ponía la edad, es que a veces ni me alcanzaba a arreglar bien…

Sí, era pretenciosa, cómo ella decía, y teniendo en casa tantas mujeres (10), crecimos con la vanidad como amiga.

Sali del pueblo a estudiar el bachillerato (ahí no había más que la secundaria), me iba sola y no recuerdo haber sentido angustia por esto, era mi bien aceptado destino tal como lo habían hecho mis hermanos mayores y para ella, una más por quien preocuparse, pero, así es la vida, los hijos se tienen que ir a buscar cosas mejores, decía. Justo en ese tiempo, mis papás también empezaron a estudiar, mi papá terminó su secundaria y ella la primaria. Competían por sacar las mejores calificaciones.

Yo regresaba cada fin de semana, y cuando mi mamá tenía dudas con alguna tarea, se me hacía chistoso que fuera yo quien le ayudara y no al revés. No lo niego, me hacía sentir importante y que me dejaran ayudarles era como la ratificación de mi habilidad intelectual. Aunque en esa etapa de mi vida no hay absolutamente nada que presumir respecto a mi desempeño académico. Tener un promedio mínimo era más bien una vergüenza para alguien que estaba en los primeros lugares de aprovechamiento. Cuando le decía a mi mamá que había reprobado algún examen, su reacción era calma:  Ay, mija, pues estudia más, pero a ver, ¿estás contenta?

Ahora que lo pienso, me doy cuenta que algunos padres toman el papel de guías y te dicen por dónde ir, qué hacer y qué no hacer, y otros, sencillamente se ofrecen como peldaños para que podamos explorar nuevos horizontes, el resultado entre uno y otro, es que, con los últimos, uno aprende a saber por sí solo qué camino escoger y afrontar las consecuencias de tal decisión, eso forma un carácter fuerte.

Mi madre no pudo ayudarme en las tareas, pero me dejó muy claro que, aunque no pudiera, me entendía bien, y que mi posición no era igual a la de ella, que yo sí tenía la oportunidad y podía convertirme en lo que quisiera.

Algunas veces si pudo ayudarme, se acercó y leyó con detenimiento el libro o los apuntes, cómo tratando de figurarse la respuesta, y me dijo, aquí dice esto, por lo tanto debe ser aquello. ¡Y sí lo era!, y otras veces sus conclusiones resultaban graciosas, y con mi risa, ella reía también. Si me hubieran dejado estudiar, se lamentaba porque era muy buena en las matemáticas, le gustaban mucho, ¡nadie me ganaba! – contó – me gustaba jugar a hacer sumas grandes sin usar papel – y le gustaba presumir – ¿ves? Soy bien lista! –decía con su típica actitud de manos en jarra. Ahora mismo me parece ver ese gesto de presunción y esa mirada llena de nostalgia.

No puedo evitar pensar, que yo, que todos nosotros sus hijos, éramos en cada vez la realización de sus propios sueños, esto a pesar de que quizás, ningún momento de éxito te lo dedicara mamá, aunque quizás nunca te dije gracias,

¿Qué tal si te lo digo ahora? Y si también te digo otras cosas, cómo que cuando fui mamá me di cuenta de este gran, gran significado, que tu talla como madre aún me queda grande, que cuando la primera vez que mis niños hablaron sentí la armonía en mis oídos, que cuando tuve mi primera gran preocupación, pensé en ti y en tu capacidad para poder ver las cosas con fe, que me hiciste un ser humano sensible, completo, y con muchas ganas de vivir, que has sido el peldaño más alto al que pude subir y que gracias a ti puedo ver muchos colores y el horizonte se ve inmenso. Sigues dándome vida, gracias mamá.

Y te dedico estas frases que siempre pienso cuando pienso en ti,

A RAQUEL:

Mi mamá es la única que puede decirle a un extraño cómo me llamo
Cuando tenía dos años, algunas veces fui Ana, otras María.
Ella podía hacer que al restar  35-32 el resultado fuera 5,
Y que cada hijo no supiera calcular su verdadera edad
Pues envejecer solo cada 6 años es su mayor habilidad .
Quizás eran las cremas que nunca usó, porque en cuanto compraba las regaló:
a mí, a mis hermanas, siempre hay alguien que necesita más que yo.
Para cosas extraordinarias solo la madre mía!
Sabe hacer caldo de pollo sin pollo y
Meter la carne de res en cada grano de frijol o hasta en una zanahoria, volverlo a cerrar y que nadie lo pueda notar
Ella puede aparecer y desaparecer las golosinas de la cocina
El queso, las tortillas y hasta las vitaminas.
¡Que nada te aqueje, que nada te apene, yo estoy aquí! Yo pediré por ti
 aunque a veces lo decía mientras dormía,
y es que ¡tanto que hacer! Que apenas oscurecía y los pies el descanso le pedían.
Mi madre no es ni ligeramente vieja, si no me crees,
pregúntale si
tiene la credencial de los 70…

Su vocabulario es muy amplio y complicado, para entenderla
Tienes que hacer de lado lo ordinario,
Si no has escuchado  “ten talento”  de mi madre, dudo mucho que comprendas los siguientes;
El  “muchacha sencilla” hace referencia a la falta de atributos de la susodicha
El “muchacha “hueleque” no es más que una forma fea de ofenderte
El “sangre pesada”, es más fácil de decir si estás enfadada, y muchos tantos otros que son del uso oficial de la torada…

Las nalgadas son cosa ausente en su estilo de crianza,
pero si metes la pata hablara con Dios y no tendrás esperanza,
Si la ves frente al espejo gestos te hará y no es grosera
solo alisa su cabellera aunque la lengua tenga de fuera.

Es inmune a los corucos, a los gatos, a los perros y los patos,
Mamá ¿te acuerdas cuándo te dije que los pollitos aparecieron?
Te mentí, los compramos al señor que nos dijiste era un ratero,
al que ordenaste que por nada nos acerquemos, ese mismo,
no fue fácil, fue difícil negarle tu florero.

Además en el intercambio nosotros tuvimos ventaja, tal como no enseñaste a negociar;
tu simple florero de porcelana a cambio de tres pollitos para engordar
¿Que ya no recuerdas ese florero? el que dijimos se perdió mientras estábamos en la escuela.
 Aquel que te gustaba tanto, que te regaló la comadre chela…

Ya no te enojes que te vas arrugar y tu no quieres eso, lo has de jurar
Que a pesar de tu cansancio y tu tanto trabajar, sigues guapa mi papá lo ha de notar.
Has estado triste últimamente, dices que no son problemas recientes
Que a veces te cansas de que la vida cueste, pero que más da, tienes a Dios para besarte la frente.

Siempre fuiste optimista y  hay que decir, de muy buena vista,
Así que, date cuenta mujer, eres grande e inmaculada,
porque has creado vida partiendo de la nada

Pienso que podrías llegar al cielo santo, así con tu manilla en la cintura,
como sabes exigir y decirle a San Pedro: ahora la puerta la cuido yo,
Dios habla conmigo como si fuera mi amigo y ultimadamente
la vida está en deuda conmigo,
porque ¡
tuve 13 vidas y aún puedo conmigo!

Feliz Día de la Madre!

Cecilia del Toro

Publicado por Cecilia del Toro

Escritora embrionaria. Disfruto de las palabras y a veces las pongo a prueba. Escribir es mi idioma. Y para quienes quisiéramos vivir mil vidas, la escritura es el remedio.

Deja un comentario