En el mostrador, observo el vasito de plástico con una salsa roja que contiene al parecer, chile, jitomate y no sé qué más. La imagino sobre mi arrachera previamente marinada y con tortillas hechas a mano, de maíz puro porque en los ingredientes lo dice así.
La salsita que elegí no tiene etiqueta ni fecha de caducidad y no me gusta que no la tenga porque no llevo un registro de cuándo compré las cosas, ni adivino cuánto van a durar, lo puedo suponer, pero sería mejor que lo llevara en la etiqueta.
Delante de mí en la fila, está una viejita arregladita y pequeña, una señora señorita (por chiquita) con su cabello hechizo, su tinte improvisado es color arcoíris, aunque el verde resalta un poco más que los otros colores. Su carita es linda, su piel limpia y sus ojos grandes y bien abiertos con una mirada de presunción pues tienen muchos años y sigue de pie y bien derechita: erguida y orgullosa. Su mandilito amarillo a cuadros le hace un buen contraste con su cabello. Su boca llena de comisuras está pintada de un rojo intenso. Sonríe como lo haría cualquiera que es feliz.
Nenita, la nombran, pero no avanza, se tarda mucho y me desespera un poco, porque parece estar ahí solo para platicar con el tiempo, mira a donde no está la cajera, ni las verduras ni la carne, ni nada, mira a alguien a lo lejos que no viene. Yo me entretengo buscando la receta secreta de mi salsa de jitomate, giro y giro el vaso como si fuera a aparecer la información nutrimental o la fecha de caducidad
Minutos más tarde y Nenita aún no avanza. Tengo prisa, así que le exijo que lo haga sin que se entere: ¿disculpe, va a pagar usted? porque creo que es su turno… desde hace un rato.
Nenita voltea, me sonríe y luego me ignora porque un señor se acerca y le dice algo, trae cargando con dificultad una caja de cartón y la pone junto a mis pies. Empieza a sacar más vasitos bien limpios y cerrados y los van acomodan delicadamente hasta formar una pirámide de salsas; unas rojas, otras más rojas, otras de tomate verde, y más. Se organizan dificultosamente: el señor se pone en cuclillas y le alcanza los vasitos a Nenita. El anciano apenas se puede agachar por los vasitos y ella se los recibe a media altura para seguir construyendo la pirámide. Me mira y me sonríe otra vez, apenas se da cuenta que he dicho algo y me responde ¿de jitomate?
Su vocecita trémula me enternece y mi imaginación recrea la escena: me platica que ella los hace, los prepara en casa todas las mañanas, y entregan aquí y allá, más bien en las carnicerías. Trabajar los hace sentirse bien, los mantiene ocupados y además obtiene dinero para los gastos, el tinte de cabello y lo demás. Me cuenta que no son de esas parejas que de viejos se quedan en casa recostados quejándose de sus dolencias, ni hablando de lo bien que estaban cuando eran jóvenes, ni de la factura que se paga por ser mayores. Para ella, me reafirma: la vida es, hasta que se acaba.
Cuenta que están juntos de hace muchos, muchos años, y que siempre han hecho equipo, que él a veces se abandona, pero no mucho y mientras se rencuentra otra vez, y ella está ahí para ayudarle, y que sí, que ella también tiene estos momentos, pero siempre concluyen que es causa del cansancio, solo físico y que acordaron desde hace mucho tiempo, que se darían ese tiempo para faltarse de vez en cuando.
Dice también, que alguna vez tuvieron un trabajo formal, ganaban muy poco, pero nunca les faltó, cuando se sabe trabajar, no hay carencias, y que disfrutaron su tiempo en pareja, por eso siguen juntos. Que la compañía es algo de que se valora poco en estos tiempos, que parece que la ansiedad nos carcome la paciencia de estar solo por estar, de la compañía deliberada y del placer de no hacer por hacer. Jorge ha sido un hombre fuerte, dice, porque tiene problemas con su espalda y aun así no se da por vencido, maneja, carga la mercancía y hace las compras puntualmente y además me ayuda a hacer las salsas. A veces las hace solo sí yo estoy enferma. A la memoria le brinca el recuerdo, ¡Cuando preparamos las salsas, ponemos músiquita y a veces hasta bailamos!
En eso, la voz de la cajera que me pide que pase a pagar me despierta . Nenita sigue construyendo con sus salsas, escucho a Jorge que le dice, aquí van más amor y ella contesta, ¿estás bien, Jorge?, ¿quieres que te ayuda a sacarlas? ¿Ya no te duele la espalda? Él niega con la cabeza y esboza una sonrisa discreta pero contundente.
Nenita me mira con sus ojos de vida y experiencia sabia, y me sonríe una vez más, supongo que le parezco simpática. Le regreso la sonrisa. Me pide la salsa que tengo en la mano para explicarme que es de 7 chiles, claramente lo puedes ver, agrega, y ninguna es muy picante, sí es para la carne, te sabrá buena. Eso sí, todas te gustarán, yo las hago para eso. Le agradezco la explicación con otra sonrisa. En realidad quisiera abrazarla e invitarla a mi casa.
Me retiro llevándome un olor suavecito, como a jabón y algún perfume tierno.
Pago a la cajera, tomo mi carne y mi salsa de “7 chiles NENA”, me subo al carro y camino a casa seguimos conversando Nenita y yo
Cecilia del Toro