La sorpresa en navidad ha sido tal que brincó de gusto y no ha parado de agradecer a Santa Claus el regalo. Ha puesto otra carta en el árbol de navidad. La carta tiene muchas veces escrita la palabra gracias. Muchos dibujos de colores. También dibujó la espada y el escudo.
Por la tarde repiten la rutina. La hora de salir al parque siempre es la misma. Darío no perdona que su mamá se tarde. Nunca se han retrasado para salir a la hora en que aún se siente caliente la tarde. A las cuatro. Espera encontrarse con los niños de siempre. Lleva sus juguetes. La espada de Zelda y el escudo que recibió de regalo en nochebuena.
— Vamos al parque, mamá, ya es hora. Mira el reloj ¿lo ves? —se encamina a la salida de la casa— ¿Me ayudas a llevar esto y esto?
Le entrega el escudo que pintó con marcadores de agua color negro y azul. Ha arruinado el regalo. Habrá que conseguirle otro después. El cartón abosrbió la tinta y perdió su perfecto acabado liso hinchándose de las orillas. Parece que Darío no lo ha notado. Qué más da. Los juguetes son para que los niños hagan lo que quieran con ellos. Lo que importa es el juego y la felicidad que les provoca. Conseguiremos otro.
En el parque Darío llora. Finalmente notó que su juguete ya no es perfectamente liso. Llora y quiere que su mamá lo repare. Llora mientras su mamá le explica que no puede hacer nada .
— Esperemos a que seque. Quizás se acomode solo. Ten calma por favor.
Nada. El niño no deja de llorar y con tal tristeza que la gente que pasa se detiene para darle sus condolencias.
Por fin se va tranquilizando. Una señora de apariencia amable y se acerca y se sienta en la banca de al lado. La acompañan dos niños. Uno parece mayor y el otro de la misma edad de Derío. La mujer le sonríe a la mamá. Esta le desea las buenas tardes. La señora no contesta. ¡Maleducada! En fin, que jueguen con Darío para que olvide su catastrófico suceso y que no conteste nada es lo de menos. Los hijos de la señora se alejan rumbo a los juegos del parque, el sube y baja y la resbaladilla. La señora abre un libro y se ausenta.
Darío persigue a los niños hasta los juegos para enseñarles sus juguetes nuevos. Parece que se han dado cuenta de las intenciones de Darío, pero lo ignoran. No es posible saber exactamente qué sucede viéndolos desde lejos.
La mamá trata de adivinar. Nada. No parece que quieran jugar con él. Qué mal. Darío quizá necesita un hermano. Como esos niños que se tienen uno al otro y pueden darse el lujo de ignorar a los demás. ¡Pobrecillo! ¡Qué groseros esos niños! ¡De tal palo tal astilla! La señora no contesta los saludos y sus hijos son iguales ¡No está bien! Se enoja. Se da cuenta que la señora no hace ni el intento de pedirles a sus hijos que jueguen con este niño que se nota a la distancia que se esfuerza y demasiado por compartir sus juguetes nuevos. Los mira, pero nada. Vuelve a desaparecer en su libro.
¡Ya estuvo! La mamá, pendiente de su pequeño y con tono de mandona le dice desde la banca.
— Oye, ¿tus hijos no quieren jugar verdad? ¿Así son cuando otros niños se les acercan?
Nada. La señora ni siquiera tiene la amabilidad de darle una mirada. Debe ser el libro más interesante jamás leído porque ni se inmuta. La mamá se levanta furiosa de la banca y se dirige hasta donde está Darío.
— Vámonos. Estos niños y su mamá son unos groseros. ¡Increíble!
Jamás se había topado con nadie que fuera tan descarado para ignorar y, menos, cuando se les demuestra una intención de relacionarse.
— Vámonos.
Darío no quiere irse y llora. La mamá intenta explicarle que deben alejarse por el mal comportamiento de los niños. La realidad es que sufre la pena de ver a su hijo ignorado e intentando sin éxito que lo integren a su juego. Negocian que buscarán niños al otro lado parque. Darío accede. Mientras se retiran, la mamá se da cuenta que la señora se levanta de la banca. Cierra su libro. Hace una señal con las manos a sus hijos para llamar su atención. Cuando estos la miran, empieza a comunicarse con ellos con el lenguaje a señas. Los hijos responden igual, a señas. Es evidente que les está anunciando que es la hora de retirarse.
La mamá se paraliza, mirándolos. La señora voltea hacía ella y le hace una señal de despedida, además, le regala una sonrisa. Sus dos hijos también se retiran diciendo adiós con las manos y sonriendo.
Cecilia del Toro.