Peleando con mi mente

Gente que ha hecho cosas geniales, ¡las hay! muchos escritores, músicos, artistas y la larga lista de que los que no recuerdo por ahora, pero todos esos que crean cosas, imaginan, plasman, otorgan, etc. Todos, son geniales. ¿Y cómo es que llegaron a su vocación? Yo sigo esperando que una voz fuerte, contundente y celestial en algún sueño me diga: “¡Cecilia, tú debes dedicar tu vida a…”, ¿no es así como todos supieron qué hacer?

Tomando como referencia estas personas que hacen y tanto con su vida y que son dignas de novelas o películas, concluyo que me exigiré a mi misma, para forzarme a existir de un forma menos simple, porque en la simplicidad no hay trascendencia, solo mera existencia, y de eso, ya tengo bastante práctica. Necesito forzarme, salir de mi estado de calma y forma para dejar huella, aunque solo sea en mi cabeza. No importa, la verdad es de quien la padece o la disfruta, y por fortuna, la percepción es una cosa personal e innegable.

Así que por este y tantos motivos, me recordaré cuando despierte, siempre justo al despertar, que hoy es el último día de vida que me resta. Y seguramente así, viviré cómo sí lo fuera, y tomaré riesgos y escribiré para quedarme en la vida aunque sea en forma de pensamiento.

¿Y sí escribo?

No tengo muchas palabras, pero tengo un diccionario. No puedo presumir mi ortografía, solo lo que he aprendido mientras leo. Tampoco tengo buena caligrafía, por eso uso una computadora. Lo que si tengo son miles de ideas. Muchas emociones, y dicen (unas tres personas, tampoco voy a exagerar) que tengo habilidad para graficar lo que siento.

Nada pues, solo que cuando pienso que quién lea mis cosas puede hacer juicios, me pone en pausa y reflexiono sí lo escribo o no. No me preocupa la exhibición, me preocupa la percepción, si la idea que retumbó en mi cabeza, retumbará también en la tuya, porque soy compleja, el rojo no es siempre un color ni el cinco es siempre un número para mí. Lo posible no lo es tanto, ni lo malo me hace sentir acongojada, porque a veces soy contraria y extraña, otras plana como una autopista sin paisajes qué admirar.

Y así ando por la vida yendo y pensando. No sé decir que he caído porque eso significa expresar un argumento del cómo me levanté y yo ni siquiera sé si ya estoy levantada o todavía caída.

No me gustan muchas cosas del mundo, pero a veces agradezco a Dios por las bondades del ser humano.

No me gusta pedir disculpas pero a veces las exijo. Sé que sueno injusta, aunque diga que no, solo me siento segura y asumo las consecuencias de lo que hago y digo. Siempre.

No creo en la palabra jamás y jamás la escribiré. Porque entonces tendré que creer en ella.

No sé decir que soy feliz, porque se hace una pausa cuando uno lo menciona, y luego hay que llenar los silencios, si uno no lo hace, lo hará el receptor y argumentará cosas insignificantes a favor de la osada expresión de decir que uno se cree, feliz. Y luego quieren el cómo y por qué, y quizás hay muchas respuestas para eso, pero la única que tengo no es satisfactoria: porque sí.

No me gusta el matrimonio porque se elaboran roles complejos, comportamientos cuadrados, estructuras inflexibles alrededor de eso. Casados se nos impiden comportamiento que solteros, serían de lo más aceptable, pero si uno es la misma persona en los dos bandos, ¿Cuál es la diferencia sustancial en esto? un anillo.

No me gustan la expresión: “prueba de vida” que algunas personas dicen tener, cuando algo les sale mal, la culpa la tiene Dios, pero la gran disculpa se presenta anteponiendo las tres palabras sanadoras: “prueba de vida” y entonces diciéndose esto pueden continuar su camino con un rumbo al fin. Para mí es solo una correa que nos arrastra al camino contrario de la responsabilidad por las acciones que tomamos y la inmadurez ante las consecuencias de las decisiones que tomamos antes.

No me gusta la gente que tiene tantas preguntas y una vez que obtiene la respuestas, genera nuevas preguntas y más cada vez. Y no me refiero a las preguntas científicas, hablo de las preguntas cuya respuesta siempre es insuficiente, como, ¿para qué estamos aquí?

No me gustan la sociedad, porque rondamos siempre el mismo avance, solo toma otro tiempo y nombres pero damos vueltas en la misma dirección y siempre decimos haber avanzado más que nuestros antepasados: antes no era así… típico.

Yo no quiero escribir para nadie, porque nadie no me cae bien. Nadie no discrimina de forma racional. Si alguien escribe: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” ¿Esto es algo? Imagina que lo lees en una hoja que te encuentras caminando por la calle, es nada. Pero si le dices a nadie que esto lo escribió un famosísimo escritor llamado Augusto Monterroso, cuya habilidad en las brevedades es inigualable, entonces nadie le dará un significado importantísimo, la dignificará otorgándole los porqués y paraqués, porque es sanador y muy gratificante dotar con nuestras ideas a las cosas.

Solo imagino, quizás el escritor empezaba apenas su siguiente cuento, había escrito la primera frase cuando tuvo una emergencia médica y salió corriendo, al mismo tiempo llegó el representante de la editorial que le contrató, a recoger su siguiente obra, llevándose sin percatarse, la hoja donde escribía esta única frase. Y cómo nadie es así, hombres o mujeres que imaginan y crean a partir de nada, dieron uno de los mejores argumentos para la duda existencial, muchas, muchas y muchas conclusiones a partir de esta frase. Así somos, nadie y todos, porque nos gusta dar respuestas y significados, aunque no los tenga. Cuando Augusto fue dado de alta del hospital, recibió telegramas hablándole del magnífico éxito de su nuevo cuento corto y él sin comprender, lo comprendió todo: el mejor escritor se hace cuando logra que nadie se sienta que descubrió algo. Y entonces, Nadie culpa al escritor por la grandeza que le otorga a la mente y al pensamiento. Entonces Augusto se conforma y dice que si, que su intención era exactamente lo que resultó, ya qué.

Pero, ¿ por qué peleo? Si soy igual que todos o todos son iguales a mí. Bueno diré que nomás andaba aquí, expresando lo expresable y pensando lo pensable. Que este escrito no es nada, ni hay intención ni nada, solo fueron palabras expresadas en orden de aparición.

Cecilia del Toro

La familia

Tengo ganas de escribir. A veces también me comunico de esta forma y mientras lo hago, gesticulo y alzo o bajo la voz aquí dentro de mi. Quiero escribir para lo que sea, quizás solo para compartir cosas, no más ni menos importantes que las que hay en la comunidad del cara-libro. Ja, ja, ja, me pareció graciosa esta forma de nombrarlo, ¿Quién lo dijo? ¡ ah! alguien de la familia en una conversación de hace días, de esas que a veces tenemos y que parece que son de resistencia.

¡Ah, la familia! la familia es siempre la familia, ese universo donde hay de todo, ¡de todo! Así cómo dice Miguel bosé en una canción, ni todos son espinas, ni todos son rosas. ¡Y cómo hablamos! desde pláticas que requieren de argumentos, hasta las cosas más banales, incluyendo los chistes de Ninel Conde ahora tan populares. Reír, llorar, crecer, atestiguar, refutar, complementar y todas las posibilidades, son parte de la decoración de la casa en donde nos reunimos. Ahí al rededor de la mesa, resolvemos el mundo, a veces los cambiamos por uno nuevo, y otras, la nostalgia nos llega de visita y se queda a compartir el chocolate caliente mientras responde nuestra entrevista. Nos da respuestas que nos sacan la risa a carcajadas, de esas que hasta te duele la panza. Luego, se aparece el Sr. Presente y abre su maletín de anécdotas, planes, ideas y nos pide se repartan por toda la sala, sin turnos ni orden de importancia, así sin más.

Las reflexiones son amigas y enemigas dependiendo del atuendo, y es que somos tan intensos y tan parlantes que la comida se vuelve cena y la cena desvelada, y como dice mi mamá: ustedes no tienen traza.

¡Ah! además, es genético o contagioso, porque los relativos también lo hacen. Se apoyan sobre las patas de la mesa de la historia familiar y construyen cosas arriba y abajo, la mejoran, la decoran y cuando se sirve el plato del día, se comen todo, también las guarniciones de recuerdos y hasta las repiten.

Parece que en las reuniones no se invita al futuro lejano, no lo hemos comentado pero quizás es un conocido aparte, ¿será que nos cae del todo bien?, quizás lo ignoramos un poco. Es cómo si todo estuviera para terminarse en un hoy, así que, hay que hablar todos y de todo hasta quedar satisfechos (no vaya a ser que mañana no nos veamos, aunque ya estemos programando la siguiente reunión), ¡cualquier cosa puede pasar! Y aunque no todos pueden ir a la reunión, no hay problema, se enterarán de lo ocurrido. Llamarán por teléfono o los llamaremos. O revisarán el WhatsApp o el grupo de Facebook y todas las conversiones, se repetirán desde cero.

¡Ay, pinche familia!, ¿por qué no vivimos todos en la misma cuidad?

Cecilia del Toro

Todos somos, Presunto Culpable

PRESUNTO CULPABLE: Me preparé mentalmente porque no quería llevarme a casa después de verla, ese sabor amargo que algunas películas nos dejan, y más, porque ésta se trata de un caso real.

Para mi sorpresa, al verla me sentí afortunada. Sentí ganas de salir a la calle y gritar; ¡si, cómo chingados no! ¡claro que podemos cambiar las cosas, tenemos que educarnos más! ¡que el presunto culpable sea el adjetivo del sistema de justicia!

cuando la película terminó, la gente hizo un silencio y luego aplaudió, obviamente yo también. Aunque yo aplaudía a la gente que aplaudió, que la conciencia colectiva se sacuda, es el mejor indicio de que todos, absolutamente todos, queremos y creemos que nuestra patria nos debe procesos y sistemas acordes a nuestro intelecto y sentido común.